En algunas ocasiones he venido contando que uno de mis personajes favoritos siempre ha sido BATMAN, he visto cada una de las películas, pero quizás la que mas ha llamado mi atención es la Trilogía de Christopher Nolan y Christian Bale como el personaje principal, la trilogía nos lleva por una travesía del porque y el como BATMAN va llegando a ser el personaje que todos conocemos. Pasando por cada una de las películas algo vino a mi cabeza y es el épico final de la trilogía. En una parte de la misma Alfred, el mayordomo de Bruce Wayne, le describe la escena de lo que él imaginaba que debería ser la vida de Bruce Wayne, luego de una cadena de sucesos, vemos a Alfred regresando a la cafetería a la cual siempre iba todos los años, pero a diferencia de los otros años esta vez sin buscarlo levanta la cabeza y puede ver a un Bruce Wayne donde años anteriores lo había imaginado, una escena que le da un final espectacular a lo que había empezado como un niño buscando venganza hasta llegar a un hombre que había emcontrado la felicidad, un deseo que Alfred siempre había querido para aquel que siempre había considerado como un hijo.
Ahora creo que se preguntarán es solo una película, pero creo que lo que más me llamó la atención fue el tema de ver a un Bruce Wayne por primera vez disfrutando de la vida y esta fue mi conclusión “¿porque se encontraba disfrutando de la vida?, porque en ese punto el había botado la carga no solamente de ser Bruce Wayne sino que al mismo tiempo había botado la carga de ser BATMAN también y enfocarse en lo que él necesitaba para ser feliz”. Hay momentos en nuestra vida donde nos encontramos cargados, momentos en los cuales queremos hacer algo y la verdad estamos dispersos en el día a día, empezamos a cargar una mochila que en lugar de hacernos fácil llevar las manos libres, nos pone peso en nuestra espalda, momentos en los cuales vamos caminando perdidos, aturdidos por todo aquello que nosotros mismos creemos que debemos resolver y eso nos hace hacer poco pensando que estamos haciendo demasiado. En mi vida he pasado por esos momentos y la verdad son momentos que me llevan a un lugar en el cual usualmente no me logró reconocer y empiezo a entrar en un modo de supervivencia, un modo en el cual voy poco a poco cerrándome a cada una de las oportunidades que tengo, una visión de túnel que me da la falsa sensación que yo soy el único que puede resolver todo lo que está pasando a mi alrededor y debo ser el salvador de una realidad en la cual soy el único que está haciendo más que los demás. Es en este punto donde la culpa me gana cuando no logró salvar aquello que pienso debe ser salvado, es un momento donde dejo de ser auténtico y empiezo a estresarme por las cosas que no pude lograr. Es en este punto donde mis sentimientos toman el control de mi vida y al mismo tiempo dejo de verme con amor frente al espejo, me castigo e implosiono de una manera en la cual me toma un tiempo volverme armar.
El cambio es inevitable, pero es lo que hacemos con ese cambio y como nos adaptamos a el, que nos hace ver la vida de una manera diferente, son los pequeños cambios los que nos confrontan a querer evolucionar, a querer mejorar, a ser una mejor versión de lo que fui ayer, el proceso no es sencillo porque conlleva enfrentarnos a nuestros miedos pero al mismo tiempo es reconocer todas las cosas que no podemos controlar, es reconocer todo aquello que necesitamos cambiar para evitar caer en un círculo del cual algunas veces es muy difícil escapar, un subibaja que no nos lleva a nada, pero es en ese sublime momento en el cual entendemos todo esto que verdaderamente podemos avanzar, poner límites y reconocer realmente que es lo que nos hace feliz, porque cuando estamos con afán, con stress y estamos abrumados te puedo asegurar que esa es la receta perfecta que nos aleja de nuestra propia felicidad, reconocer esto no es un proceso fácil, requiere trabajo y voluntad, pero una vez caminamos por ese camino creo que no hay vuelta atrás, es ese momento donde caminamos con lucidez cuando abrazamos cada una de las oportunidades que la vida nos puede dar.
Soy un hombre inquebrantable que ha cometido errores en su camino de la vida, un hombre que ha sido duro consigo mismo, un hombre que reconoce que no ha sido su mejor versión, pero al mismo tiempo lo que me hace inquebrantable es poder reconocer cada una de esas cosas y que a pesar de los tropiezos me levanto y me sacudo el polvo y decido seguir caminando, pero esta vez soy más consciente que cuando caigo y me vuelvo a levantar siempre hay una lección y oportunidad de poder aprender, pero quizá algo que me hace inquebrantable es que mi identidad no está ni en lo que tengo, ni en lo que quiero aparentar, mi identidad está basada en todo aquello que Dios ya dijo y piensa de mí y ese simple hecho es lo más importante para mi.